Abuela, pasé de curso, ¿Puedo ir de vacaciones?

Por: Brandy Berroa

“Abuela, pasé de curso, ¿Puedo ir de vacaciones?”

Para muchos de nosotros, esa frase marcaba el inicio de los días más felices del año. No existían boletos de avión ni complejos planes turísticos. La recompensa por haber estudiado y aprobado el año escolar era sencilla: pasar las vacaciones en el campo junto a los abuelos, tíos, primos y vecinos que terminaban siendo parte de la familia.

Era una promesa que los padres hacían desde el primer día de clases. Había que esforzarse, obedecer, sacar buenas notas y portarse bien. Si se cumplía la meta, llegaba el premio.

Aquellos días parecían eternos. Corríamos detrás de las gallinas, subíamos a los árboles, maroteábamos mangos y convertíamos los ríos en nuestro parque acuático. Dormíamos rodeados de primos, escuchando historias hasta que el sueño nos vencía. No había internet ni aire acondicionado, pero sobraban las conversaciones, las risas y el cariño familiar.

También estaban las responsabilidades. Alimentar animales, cargar agua, barrer patios o acompañar a los mayores en sus tareas formaba parte de la rutina. Sin saberlo, aprendíamos disciplina, respeto y sentido del trabajo. Todavía recuerdo a mi abuelo saliendo antes de amanecer hacia la tierra. Su ejemplo silencioso enseñaba más que muchos discursos.

Durante todo el año los familiares repetían una petición:
—No dejen de enviar a Juancito este verano.
Los niños eran esperados con alegría. Eran una bendición para la familia.

Sin embargo, algo cambió.

Imagino a un niño de hoy terminando el año escolar y enviándole un mensaje a su abuela:
“Abuela, pasé de curso, ¿me puedo ir de vacaciones?”

Quizás la abuela sonría al leerlo.

Quizás recuerde aquellos tiempos en que los nietos llegaban con una pequeña maleta, muchas ganas de correr descalzos y disposición para respetar las reglas de la casa. Y quizás también piense en lo difícil que se ha vuelto para muchos abuelos convivir durante semanas con una generación que crece bajo códigos, hábitos e influencias muy distintos a los que ellos aprendieron y enseñaron.

Aquella infancia sencilla fue cediendo espacio a otras formas de entretenimiento y a nuevas prioridades. La ida al campo fue reemplazada por resorts, centros comerciales, dispositivos electrónicos y pantallas que ocupan buena parte del tiempo de nuestros niños y adolescentes.

Pero el cambio va mucho más allá de la tecnología

Muchos abuelos hoy sienten preocupación al recibir a sus nietos durante largas temporadas. No por falta de amor ni de espacio, sino porque observan conductas que les resultan difíciles de comprender: una menor tolerancia a la corrección, una necesidad constante de validación, una exposición temprana a contenidos que antes llegaban mucho más tarde y una creciente distancia entre generaciones.

La realidad es que vivimos en una cultura donde la inmediatez domina. Todo debe ocurrir rápido. Todo debe generar satisfacción instantánea. Las redes sociales han convertido la aprobación de otros en una necesidad cotidiana para muchos jóvenes.

¿Cómo puede competir un abuelo contra un teléfono inteligente que acompaña a un adolescente las veinticuatro horas del día?

¿Cómo transmitir el valor de la experiencia cuando las tendencias parecen tener más influencia que las canas?

Los antivalores también han encontrado plataformas permanentes de promoción. Lo que antes se corregía muchas veces ahora se celebra. Lo que antes se consideraba una falta de respeto hoy suele justificarse como una expresión de individualidad. La distancia entre generaciones se hace cada vez más evidente.

También cambió la autoridad familiar. Antes, un abuelo, una tía o cualquier adulto cercano podía corregir a un niño porque toda la familia compartía la responsabilidad de educar. Si hacíamos una travesura en el campo, la noticia llegaba a casa antes que nosotros. Y cuando nuestros padres regresaban, reforzaban la corrección recibida porque entendían que educar era una tarea compartida.

Hoy, en muchos casos, una simple llamada de atención puede provocar conflictos familiares. Algunos adultos prefieren no intervenir para evitar discusiones. Poco a poco, la autoridad ha sido confundida con agresión y la disciplina con intolerancia.

No se trata de idealizar el pasado. Las generaciones anteriores también tuvieron errores, limitaciones y desafíos. Tampoco se trata de condenar a los jóvenes de hoy, quienes enfrentan presiones que nosotros nunca conocimos.

Sin embargo, vale la pena preguntarnos qué hemos perdido en el camino

Porque más allá de los mangos, los ríos, los caballos o las aventuras de verano, lo que realmente hizo especial aquella infancia fue la formación de carácter que recibíamos sin darnos cuenta.

Aprendíamos a respetar a los mayores.

Aprendíamos que las responsabilidades existían antes que los privilegios.

Aprendíamos que la familia era una red de apoyo donde todos ayudaban a formar a todos.
Y aprendíamos que la felicidad no dependía de tener más cosas, sino de compartir más tiempo con quienes amábamos.

Tal vez el verdadero problema no sea que los tiempos cambiaron. Los tiempos siempre cambian. Tal vez el problema sea que hemos dejado de transmitir con la misma firmeza algunos valores que hicieron posible aquellas experiencias: el respeto, la obediencia, la responsabilidad, el trabajo y el sentido de comunidad.

Quizás todavía estamos a tiempo de recuperar algo de aquello

Porque no es solamente que la época ha cambiado. También nosotros, como adultos, hemos cedido terreno. En nombre de la comodidad, de la modernidad o de una permisividad mal entendida, hemos permitido que principios que para nuestros padres y abuelos eran fundamentales se debiliten en muchos hogares.

La pregunta no es solamente qué clase de hijos estamos formando.

La pregunta es qué clase de adultos estamos siendo para guiarlos.

Para que algún día, cuando termine el año escolar, un niño vuelva a decir con la misma ilusión de antes:

“Abuela, pasé de curso, ¿Puedo ir de vacaciones?”

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