Por: Miguel A Rivera – Analista Político
La política dominicana es, por naturaleza, un escenario de pasiones, pero lo que presenciamos recientemente en la Cámara de Diputados trasciende la simple diferencia de criterios. La reacción de Alfredo Pacheco, presidente del órgano legislativo, ante los últimos cambios en el tren gubernamental del presidente Luis Abinader, no solo fue sorpresiva, sino que marcó un precedente de insubordinación pública pocas veces visto en un partido en el poder.
Visiblemente molesto y alterado, Pacheco utilizó su investidura para lanzar un desafío directo al Palacio Nacional. Aunque inició con la formalidad de decir que «comprende que se relance el Gobierno», el fondo de su discurso fue un dardo envenenado: advirtió que no guardará silencio frente a lo que considera una «persecución» contra los dirigentes de base.
Lo grave de este episodio no es que un dirigente disienta; la democracia interna se nutre del debate. Lo preocupante es el tono y la actitud desafiante. Al declarar que «no le importa si eso le cuesta el cargo», Pacheco no solo muestra valentía personal, sino que rompe los canales institucionales de comunicación con el Poder Ejecutivo.
¿Es esta la conducta idónea para quien aspira a la Secretaría General del PRM? El Secretario General es, por definición, el mediador, el articulador y el guardián de la disciplina partidaria. Un perfil que reacciona con arrebatos públicos ante las decisiones del líder de su propio partido parece, a todas luces, descalificarse para un rol que exige cabeza fría y cohesión.
Pacheco alega que su molestia radica en la supuesta exclusión de dirigentes de base.
Sin embargo, en el ajedrez político, estos movimientos suelen esconder otras intenciones. Al posicionarse como el «protector de los olvidados», Pacheco busca consolidar un bloque de apoyo interno de cara a la convención del partido.
Pero hay una línea delgada entre la defensa gremial y la sedición política. Utilizar la presidencia de la Cámara de Diputados para reclamarle al Presidente de la República es un uso cuestionable de la investidura.
Si un Secretario General no es capaz de alinear los intereses de la dirigencia con la visión del Ejecutivo, el partido corre el riesgo de fracturarse en el peor momento posible.
Alfredo Pacheco ha cruzado un Rubicón. Sus palabras revelan una grieta en el PRM que podría tener consecuencias profundas. Si su objetivo es la Secretaría General, debe entender que ese cargo requiere ser un puente, no un muro de contención contra el propio Gobierno.
Hoy, Pacheco parece haber olvidado que en política la forma es tan importante como el fondo. Y su forma, alterada y desafiante, hoy lo aleja de la confianza necesaria para dirigir los destinos administrativos de su organización política.