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Tambores de guerra: El portazo de Danilo que sepulta la unidad

Por Redacción Radar 360
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Por: Miguel Rivera – Analista Político

Si alguien albergaba todavía la ingenua esperanza de ver una gran coalición opositora marchando al unísono hacia el 2028, Danilo Medina se ha encargado de despertarlo con un cubo de agua helada. Sus recientes declaraciones no son una simple estrategia electoral; son un grito de guerra. Un mensaje diáfano y brutal dirigido, con nombre y apellido (aunque no siempre se pronuncie), a su antiguo compañero de armas y hoy archienemigo político: Leonel Fernández.

Al sentenciar que el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) «no va a apoyar a nadie» y que las únicas alianzas posibles son aquellas donde ellos lleven la batuta, Medina no solo está marcando territorio; está dinamitando los puentes. La frase es lapidaria: «Hay gente que anda soñando que va a ganar las elecciones, incluso vendiendo la falsa idea de que somos lo mismo». En el subtexto de estas palabras retumban los tambores de una guerra fratricida que, lejos de sanar, parece haber entrado en su fase más crónica y virulenta.

La herida que no cierra

El análisis de esta postura revela que la división entre el danilismo y el leonelismo ya no es coyuntural, sino existencial. Al reivindicar al PLD como el «único partido fundado por Juan Bosch», Danilo intenta deslegitimar moralmente a la Fuerza del Pueblo, tratándola no como un aliado natural, sino como una herejía política.
El trauma de Santo Domingo Norte, mencionado explícitamente por el exmandatario, sirve como la excusa perfecta para justificar este aislacionismo. La narrativa es clara: nos traicionaron una vez, no volverá a pasar. Pero detrás de la queja sobre la alcaldía perdida, se esconde el verdadero miedo del PLD: ser fagocitado por la figura de Leonel Fernández. Danilo sabe que una alianza en la que el PLD no encabece es, en la práctica, una rendición incondicional ante quien juró sacar del poder.

¿Estrategia o suicidio?
Para la oposición dominicana, este «grito de guerra» es una pésima noticia. La aritmética electoral es cruel y rara vez perdona la división. Al cerrar la puerta a pactos en igualdad de condiciones o donde se apoye al mejor posicionado (si no es morado), Danilo Medina parece preferir la inmolación en solitario antes que servir de escalón para el retorno de Leonel.
Es una apuesta de «todo o nada». El PLD busca desesperadamente recuperar su identidad propia, sacudirse la etiqueta de vagón de cola y demostrar que su maquinaria sigue aceitada, reorganizándose mesa por mesa, recinto por recinto. Sin embargo, al hacerlo, corre el riesgo de fragmentar el voto opositor de tal manera que el oficialismo tenga el camino pavimentado.

El fin de la diplomacia

Lo que hemos presenciado este fin de semana es el fin de la diplomacia hipócrita entre los dos líderes. Ya no hay sonrisas forzadas ni comunicados ambiguos. Danilo ha trazado una línea en la arena: el voto será morado o no será.

Los tambores de guerra suenan fuerte. No avisan de una batalla contra el gobierno de turno, sino de una guerra civil en la oposición. Y en las guerras civiles, como bien sabe la historia, a menudo no hay ganadores, solo supervivientes entre las ruinas. Leonel ya tiene su respuesta: no habrá alfombra roja, sino trinchera.

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