Después de más de 18 años sirviendo a la Administración Pública de la República Dominicana, comparto algunas reflexiones aprendidas a lo largo de estos años sobre lo que considero el deber ser de quienes desempeñamos funciones en ella. Resulta relevante partir de la premisa de que no todos ingresamos al servicio público por pasión, vocación o convicción y tal vez ahí radica el gran reto para el sistema. No obstante, resulta fundamental que quienes se encuentran desempeñando una función pública, lo asuman con profesionalidad, transparencia y el firme compromiso de aumentar la calidad de los servicios que brinda. Y es que la verdadera naturaleza de la función pública descansa en un principio fundamental: servir a la sociedad. Desde esta perspectiva, el servicio público no debe interpretarse únicamente como una oportunidad de desarrollo profesional, una posición laboral o el ejercicio de una determinada autoridad; representa, una responsabilidad social con el bienestar general.
La vocación de servicio debe ser, por tanto, uno de los fundamentos que orienten la conducta de quienes integran las instituciones públicas, independientemente de su jerarquía, nivel de responsabilidad o área de desempeño.
Uno de los grandes desafíos consiste en encontrar el equilibrio entre el cumplimiento de las normas, la rigurosidad de los procesos y la capacidad de ofrecer respuestas oportunas a la ciudadanía. No se trata de eliminar procedimientos, sino en procurar que estas cumplan su propósito: garantizar una gestión pública ordenada, eficiente, transparente y al servicio de las personas. Es comprender que el Estado no existe para quienes trabajan en sus instituciones, sino que sus instituciones existen para servir al Estado y, fundamentalmente, a la sociedad.
El verdadero éxito de la función pública no puede medirse únicamente desde su funcionamiento interno, sino también desde su capacidad para mejorar la vida de las personas; por tanto, ser servidor público no es simplemente trabajar para el Estado, es asumir el compromiso de poner a disposición la capacidad técnica, profesionalidad, responsabilidad, y, sobre todo, tener la conciencia de que los recursos administrados pertenecen a la sociedad.
A lo largo de estos años, he conocido distintos tipos de servidores públicos, desde los consagrados a las responsabilidades puestas a su cargo, por un lado; y en el otro extremo, los no comprometidos, estos últimos, los que afectan la imagen del sistema y peor aún, erosionan su operatividad.
Un mecanismo que considero debe ser fortalecido ya que permite la mejora continua, es que las evaluaciones de desempeño cumplan su objetivo; reflejando la realidad y además, que sean acompañadas de acciones directas ante aquellas actuaciones contrarias a los principios y deberes de la función pública. Estoy convencida que el crecimiento de una sociedad se mide por la calidad de los servicios que recibe su población, y, por tanto, se requiere que los servidores públicos nunca pierdan de vista para quién y para qué trabajan.
La autora es subdirectora General Instituto Dominicano de Aviación Civil (IDAC)